DONDE JULIO VERNE SE SENTABA A VER LOS BARCOS PASAR

 45816b2ce188c7c2422f075f5908fbd7

Para llegar a Nantes casi hay que salirse del mapa y conquistar la bendita Bretaña. Está en la recta final de la Francia más occidental, capital como es del departamento del Loira Atlántico, en un lugar ocupado felizmente por la imaginación y no solo porque allí viviera y soñara el Julio Verne de nuestras aventuras terrestres, marinas, submarinas y más allá, sino porque han sabido dar rienda suelta a la modernidad hasta hacerla provocación.

En esta ciudad y sus alrededores, en el estuario de Nantes a Saint-Nazaire, hasta las obras de arte efímeras se vuelven perennes. Una casa en medio del río, una ‘villa chimenea’ colgada a 15 metros de altura, una serpiente de 40 metros de longitud, una ninfa habitante de estas aguas o un barco blando que no soñó ni el Dalí más marinero. Estas cosas pasan en un territorio enaltecido por la aristocracia antigua de los duques de Bretaña que vistió a la ciudad de un magistral castillo. El viaje es, desde luego, extraordinario.

Podrá estar bañada por el Loira, salpicar su estuario de obras de arte efímeras que se han hecho eternas solo por provocar, podrá ser mil veces navegable y cosmopolita, pero Nantes es la ciudad donde nació en 1828 el hombre que tanto empeño puso en quitar las fronteras de los mapas. Antes de que quisiéramos coleccionar guías, ya habíamos bajado al fondo del mar, dado la vuelta al mundo o conocido por dentro la Siberia. Hay una escultura de Julio Verne niño sentado en un banco desde donde se ven los barcos pasar. A su lado, el capitán Nemo. Y hay una casa-museo llena de sus libros, manuscritos, documentos, ilustraciones, cartas, juegos y otros cachivaches que invita precisamente a “viajar al centro de la escritura verneana”. Jules Verne y su esposa Honorine reciben al visitante que llega hasta esta casa-mirador en lo alto de la colina de Santa Ana, en el barrio Chantenay, antiguo bastión obrero de los astilleros. Los amantes de la aventura podrán subir los 121 escalones que van desde el muelle. Después, solo quedarán ganas de leer y ya sabemos qué.

Kipling nos acostumbró a las excentricidades de los elefantes, esos reyes de las selva proscritos por los leones, pero quién nos iba a decir que una de estas criaturas, de acero y madera, iba a sacarnos a pasear por los antiguos astilleros de Nantes, frente al Loira, con su alucinada tripulación a cuestas. Solo la imaginación desbordante de Julio Verne aplicada a los artefactos que parecían imposibles de Leonardo da Vinci podía alumbrar algo asíLa Isla de las Máquinas o viceversa y en francés, Les Machines de l’île.

El Gran Elefante, de 12 metros de alto, que puede llevar hasta 50 pasajeros, es el mayor reclamo de este parque de atracciones tan teatral (los maquinistas, por cierto, son actores y además en acción). La Galería de las Máquinas, poblada de extrañas criaturas, es un laboratorio artístico que juega a ser un bestiario: se puede visitar el taller, meter las narices en el proceso de creación, subirse a lomos de esos monstruos, dar vueltas en el Carrusel del Mundo Marino (imaginario) y andarse por las ramas del Árbol de las Garzas, aún en construcción. En la isla está también el Hangar de las Bananas(1950), solo que en vez de plátanos como antaño, procedentes de Guinea, hay cafés, bares y discotecas a la carta.

Anuncios
Etiquetado
A %d blogueros les gusta esto: